domingo, 15 de mayo de 2016

LOS MISTERIOS SOBRE TATA DIOS

LOS MISTERIOS SOBRE TATA DIOS

Uno de los episodios que más conmovieron al Tandil y que incluso tuvieron repercusión nacional e internacional, fue la matanza de treinta y seis extranjeros el 1 de enero de 1872, a manos de una banda que según todo lo indica, habría respondido al luego célebre Tata Dios.
Si bien mucho se ha escrito sobre el tema-inclusive en nuestras notas en Tiempos Tandilenses y de “Historias del Tandil”-ante permanentes consultas y referencias solicitadas al autor de estas líneas, condensaremos una serie de interrogantes especialmente sobre el personaje, dado que constituye uno de los misterios de la historia tandilense.
QUIÉN ERA?
Quienes conocieron a Gerónimo de Solané  (a) Tata Dios y nos dejaron escritas sus impresiones y su conocimiento de su vida antes de llegar al Tandil, coinciden en no tener para nada claro su origen. Para algunos era un chileno que se había instalado en Entre Ríos y de allí vino a la provincia de Buenos Aires; para otros, boliviano y para muchos era santiagueño que después de distintas peripecias se había instalado en la zona de Tapalqué habiendo pasado por Las Flores, ejerciendo sus dotes de curandero y manteniendo difíciles relaciones con las autoridades de tal suerte que por "ejercicio ilegal de la medicina" habría sido encarcelado en el Azul, en cuyas cercanías también actuaba.
Por causas también extrañas, el comisario debió poner en libertad a Solané por orden del Juez de Paz del Azul, lugar en el que Ramón Gómez lo encontró ya libre y dispuesto a venir al Tandil para atender a su esposa, Rufina Pérez, que sufría de fuertes y permanentes dolores de cabeza.
El descendiente de la tradicional familia que vino casi con la fundación, lo trajo a su estancia "La Argentina",  con el objeto de que curase a su esposa.
Pronto estuvo listo en el puesto "La Rufina" de la citada estancia, una especie de "hospital", en el que Solané atendía cada vez a mayor cantidad de "pacientes" que encontraban en él sanaciones casi "milagrosas", por lo cual esta suerte de “adivino” y "mano santa", fue considerado un "santón" al que llamaron Tata Dios.
Su fama trascendió a otros partidos, desde Dolores a Tres Arroyos, y hacia fines de noviembre de 1872 el lugar se había colmado ante anuncios de sorprendentes acontecimientos que haría Solané,
Enterado el Juez de Paz del Tandil, Juan Adolfo Figueroa-cuñado de Gómez- de esta situación, el 6 de diciembre ordenó desalojar el lugar por razones sanitarias, para "prevenir las consecuencias que pudiera resultar de la aglomeración, en su mayor parte enferma..."
El español Manuel Suárez Martínez, que conoció a Solané y el lugar donde "operaba", nos dejó en sus Apuntes autobiográficos, una descripción del personaje y de sus acciones en el lugar. Dice Suárez Martínez: "El tipo de Solané se prestaba para hipnotizador: alto, de mirada penetrante, de abundante, larga y blanca barba, bien cuidada que le llegaba a la cintura. Usaba como poncho una linda manta pampa, cuyas puntas llegaban al suelo, y, sobre las manos le caía la larga y abundante barba blanca... Caminaba con aire majestuoso de profeta, que, verdaderamente lo parecía." No aceptaba pagos y sí tributos para la Virgen de Luján, cuya imagen estaba  permanentemente en el lugar, testimonia además Suárez Martínez, que cuando se embriagaba solía decir que era "San Gerónimo Bendito".
Según testigos de la época, especialmente el reporte del Dr. Fuschini después de la "autopsia", tendría entre 45 y 50 años. Este hombre misterioso, dueño de un discurso cuasi apocalíptico y de conductas que lo hacían parecer un "adivino" y casi un dotado de artes mágicas, mezclado con ciertas expresiones religiosas, que  hacía dueño de poderes especiales hasta su famoso caballo bayo, que "trabajaba", según relata  Suárez Martínez, testigo ocular del lugar en "... una pieza de seis varas de largo, cuyas paredes eran  de chorizo (barro y paja) y el techo de paja, a dos aguas. Tenía puerta en cada mojinete y estaba dividido, por medio, con un tabique de arpillera. El mojinete que daba hacia el palenque, situado muy cerca de la puerta, era la sala en la que el secretario recibía a los enfermos, que esperaban por su turno. Había en dicha sala varias sillas, una de ellas en un rincón junto al tabique de arpillera. Al  lado opuesto del tabique estaba la habitación de Solané donde guardaba sus papeles, entre ellos la lista de todos los complicados, el pavo de cuatro patas " que hacía milagros", frascos llenos de huesos de aceitunas: alfileres retorcidos, y... "otras yerbas", con que, el ladino curandero, engatusaba a su clientelas".
Suárez Martínez explica asimismo cómo Solané escuchaba del otro lado de la arpillera, los datos que le sonsacaba el "secretario" y luego al "atender" al enfermo le manifestaba - como un verdadero adivino- todo lo que había recogido de su escucha. Coinciden las crónicas en que su figura resultaba al menos impresionante ante los ojos de los "pacientes", mucho más después de escuchar de su boca datos que, desde el nombre a la enfermedad que lo llevaba allí, lo hacían aparecer como un ser casi sobrenatural.
Habitualmente le ayudaban Manuel Antonio Martínez y Benito Lizaso, además de los "pacientes" Apolinario García y José Aguilar.
Mucho se habló de la prédica de Solané a los reunidos en torno al "hospital", refiriéndose a expresiones xenófobas y agresivas hacia los extranjeros y masones,  con resabios mesiánicos y algunos de corte milenarista, pero prácticamente ninguno dio testimonio de haber escuchado algo parecido.
Resulta extraño, entre otras cosas, que el tema de la masonería apareciera como cosa común en el habla de aquellas gentes analfabetas, máxime la inexistencia de logia en Tandil. Nario afirma que debieron ser sacerdotes católicos los que difundieron entre la gente estos conceptos, por su formación y el enfrentamiento entre la Iglesia y la masonería, pero resulta, a nuestro modesto entender, erróneo, dado que en Tandil había apenas un sacerdote en una capilla precaria.
Daniel Brunel, gerente del flamante Banco de la Provincia, al día siguiente de la masacre le comunicaba a su jefe: “Notaré a Vd. que entre los prisioneros se encuentra el cabecilla, este es uno de esos curanderos con que desgraciadamente se encuentra plagada nuestra campaña y a quien sus adictos creen o tienen pretensiones de querer hacer pasar por adivino.”
LA REPRESIÓN DESPUÉS DE LA MATANZA
Fue José Ciríaco Gómez comandante de Guardias Nacionales  y su hermano Ramón, que era quien dio albergue y lugar a Tata Dios, los que al frente de alrededor de quince Guardias Nacionales y algunos estancieros con sus peones armados, iniciaron el recorrido indicado por Oliveira, encontrando  los cadáveres de los primeros vascos. Prosiguieron el camino y dieron con los cuerpos sin vida de los británicos, lugar en el que el Cnel. López de Osornio y J. Henestrosa llamaron a más hombres para totalizar una fuerza de unos treinta bien armados.
Después de pasar  por los distintos lugares donde habían estado los asesinos al mando de Jacinto Pérez, se dirigieron a La Argentina  para capturar a Solané, quien increpado por Gómez acerca de la matanza aparentemente ordenada por él, se encontró con la negación rotunda por parte de Tata Dios...
Volviendo sobre sus pasos y en las proximidades de la estancia de Santamarina se toparon con parte de los asesinos, que portaban, como se dijo, la divisa punzó. El enfrentamiento era cuestión de minutos. Gómez y el alcalde Teófilo Urraco dieron la orden de atacar. El embate fue furioso y en el primer cruce cayó Pedro Rodríguez de un certero tiro. Luego fue el turno del jefe, el mentado Jacinto Pérez quien murió de otro balazo a manos del capitán Oliveira. Allí todo se transformó en desorden y los asesinos huían como podían, cayendo varios muertos en la persecución que se extendió, según Gómez,  por casi dos leguas. Había llegado el final, unos pocos, tal vez una docena, lograron escapar, ocho fueron hechos prisioneros y diez cayeron muertos en el enfrentamiento
Luego de la represión se realizó el entierro de las víctimas, del cual un testigo ocular de ese momento, Manuel Suárez Martínez, hizo un relato espeluznante.
EL JUICIO
Con el pueblo casi en armas, especialmente los extranjeros, una sed de venganza más que de justicia,  recorría las callejuelas polvorientas de ese caluroso verano, por lo que el Juez Figueroa hizo conocer a los pobladores que solicitaría al Gobierno la presencia  inmediata de un Juez letrado para que se hiciese el juicio a los detenidos. De esa manera, el 17 de enero, llegó al Tandil el Juez Dr. Tomás Isla y su secretario, quienes de inmediato comenzaron a tomar declaración a los detenidos, primero a Cruz Gutiérrez y siguiendo casi ininterrumpidamente por los demás, tarea que le llevó hasta el 7 de febrero.
Ese mismo día dictó sentencia y al  siguiente, sin más, partió rumbo a Buenos Aires. El voluminoso sumario le insumió 436 fojas. El fallo decretaba la pena de muerte a tres de los integrantes y otras penas y absoluciones para el resto.
En verdad la labor del Juez Isla fue tan rápida como poco profunda, dejando de lado detalles que podrían haber aportado más luz a un hecho tan pero tan oscuro, que aún hoy dura la penumbra.
Entre la captura de Tata Dios y la llegada del Juez, se produjo un hecho que no hizo sino echar más tinieblas al asunto. Efectivamente, entre la noche del 5 de enero y la madrugada del 6, Solané  fue asesinado, mientras dormía, a balazos en el mismo calabozo, que se presumía bien custodiado.
Desaparecía el involucrado vital en los hechos. Involucrado "per se" o por quienes así quisieron que fuera, lo cierto es que con su muerte, sin que dijera esta boca es mía, desaparecía un personaje clave en esta historia de final abierto.
También la sepultura de Tata Dios, se transformó en una leyenda, dado que no quedó registro de la misma y sólo  la tradición oral, que señala que habría sido sepultado en un pozo excavado a la entrada del Cementerio Viejo, de pie y engrillado, para que todos los que ingresasen al lugar lo pisasen.
La defensa de los imputados estuvo a cargo, en segunda instancia, ya que la primera   fue de oficio a cargo del comandante Juan Somoza, del  abogado uruguayo Martín Aguirre, quien ni tuvo la oportunidad de verle la cara a quienes defendía y su alegato lo fue en torno a la situación social del gaucho y de los "desposeídos " de la época.
El fiscal de la causa, O. Villegas, formuló el 20 de abril la acusación respectiva, aunque evidenció una perspicacia y sagacidad, que lamentablemente, por su misma función de acusador, dejó a un costado investigaciones más profundas que sólo sugirió en trazos muy finos...
El  29 de julio se confirmaban las sentencias de muerte que habían sido apeladas en tercera instancia, en tanto ya el 17 habían sido liberados  en tanto al desertor Marcos Barraza se le entregó a la Inspección de milicias.
Finalmente luego de los trámites burocráticos judiciales, llegó la hora de cumplir con las sentencias de muerte, y el 13 de setiembre en la Plaza Principal y ante una gran concurrencia, crónicas de la época hablan de 800 vecinos, la mayoría extranjeros, el pelotón de fusilamiento de ocho integrantes para cada reo, cumplió la sentencia primero con Cruz Gutiérrez y luego con Esteban Lasarte; el tercer condenado, Juan Villalba, había fallecido en prisión.  Los 200 Guardias Nacionales apostados para la ceremonia, pasaron frente a los cadáveres sin siquiera mirarlos...En pocos minutos la concurrencia se dispersó y los fusilados fueron enterrados por otros presos.
LA MUERTE DE TATA DIOS
Muchas versiones corrieron acerca de quién o quiénes pudieron ser los victimarios de Solané. Entre esas versiones cundió una que recogió el periodista José P. Barrientos (tío del autor de esta nota), según la cual, los extranjeros echaron a suerte secretamente, quién debía ultimar al presunto jefe de la matanza.
Habrían participado especialmente vascos, entre los que se mencionaron a Miguel Alduncin, Martín Maritorena y José A. Lavayén. De  esta reunión habría sido "elegido",  Miguel Alduncin, según la versión original de Barrientos, aunque para otros habría sido Lavayén, también conocido como "el tuerto".
Según A. Schang Viton: “Luciano Elissondo, tandilense descendiente de Lavayén por línea materna, comenta que "unos creen que la muerte del Tata Dios, en realidad, se le adjudicó al Tuerto Lavayén, pero que el asesino fue otro. En casa siempre se creyó, más o menos así, esta historia que hoy es leyenda".
Lo cierto es que el examen del cuerpo por parte de los Dres. Fuschini y Salas, habla de más de un arma. Su manta pampa, agujereada por algunos de los trece impactos de bala que recibió, hoy se conserva en el Museo del Fuerte junto con el sumario de todas las actuaciones judiciales. En el cuerpo se encontraron 13 heridas de bala, por lo que se cree que fue asesinado por tiro/s de arma/s que disparaba/n cargas de municiones tipo perdigón, como tercerola, trabuco o pistola Lafoucheux.
El informe sobre la autopsia dice:“… encontraron en dirección oblicua el cadáver con respecto a los medios de comunicación al calabozo, la posición era decúbito lateral izquierdo, que la ventana se hallaba abierta, y que habiéndoles llamado la atención acudieron a ella y observaron dos fogonazos uno en la puerta y otro en el marco de la ventana misma…Que a juzgar por el número y calidad de las heridas que encontraron, el diámetro que ocupaban, su dirección más o menos oblicua sospecharon que debiera ser más de un arma las que las habían ocasionado y que estas heridas son causa más que suficiente para producir la muerte rápida y violenta que en el individuo se produjo.
Es todo cuanto pudieron declarar”. FUSCHINI-SALAS
Fugl en sus "Memorias", pese al encono que tenía con Figueroa, manifiesta que a su regreso de Dinamarca-recordemos que él estaba allí cuando sucedió todo- un familiar le confió que había sido un vasco francés quien hizo "justicia" por propia mano. Deja entrever sin embargo, la posibilidad de la existencia de un estímulo del Juez, para que ello ocurriera. Si fue así o no, el secreto quedó sellado.
TANDIL DESPUÉS DE LA MASACRE
La primera y más clara consecuencia de la masacre, fue la movilización intensa de los extranjeros y  la creación de la Logia Luz del Sud, Nº 39, el 8 de setiembre de ese año, siendo electo Presidente o Venerable Maestro, el joven Eugenio Iriarte, empleado de la flamante sucursal del Banco de la Provincia, integrando la comisión: Bernardo Sabatte Laplace, Carlos Díaz,  Miguel Méndez, Julián Arabehety y  Ramón Santamarina.
LOS INTERROGANTES SIN DESPEJAR
Estimado lector, usted habrá podido apreciar que  quedan abiertos enigmas sin dilucidar, misterios que siguen siendo misterios, interrogantes sin respuestas, al menos hasta ahora. Se los resumiremos y usted pensará si alguno puede dejar de serlo o si encuentra alguno más para agregar a la lista:
¿Quién fue realmente Tata Dios?
¿De dónde era nativo?
¿Fue realmente Gerónimo de Solané alias Tata Dios, el cerebro instigador de la matanza?
¿Quién o quiénes organizaron la banda, les dieron las consignas y distintivos y le marcaron los objetivos?
¿Cuáles fueron exactamente esos objetivos, qué fines perseguían en el fondo?
¿Por qué desaparecieron los libros del almacén de Chapar?
¿Tuvo alguna significación especial el día elegido?
¿Quién fue Jacinto Pérez y a quién respondía en realidad?
¿Por qué mataron a Tata Dios: por venganza de los extranjeros o para silenciarlo?
¿Quién o quiénes lo mataron?
¿Qué papel jugaron los extranjeros, posteriormente enrolados en la masonería?
¿Cuál fue el rol de los criollos detentadores del poder económico y político en ese momento que hospedaron a Tata Dios y que conocían, como gente amiga, al igual que  algunos extranjeros, a varios de los integrantes de la banda?
¿Por qué no hubo dinamarqueses entre las víctimas, más allá de algunas consideraciones de Fugl, que luego no se enroló en forma inmediata en la masonería?

Un caso singular digno de la intervención de un Sherlock Holmes o de un inspector Maigret  o del gran Hércules Poirot ¿no le parece?... Porque los enredos de la justicia y el poder político, en nuestro país, vienen de lejos y con ellos la impunidad...

Daniel Eduardo Pérez

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