jueves, 25 de febrero de 2016

RAMÓN SANTAMARINA


RAMÓN SANTAMARINA
PIONERO Y BENEFACTOR


En esta nota daremos algunas noticias de uno de los personajes más atractivos de la historia de Tandil y también de buena parte de la historia de la campaña bonaerense, nos referimos a Ramón Santamarina.
Oportunamente, en 1990, con motivo de los ciento cincuenta años de su llegada a la Argentina, se rindieron en Tandil y Buenos Aires justicieros homenajes, entre los cuales se contaron dos conferencias de quien esto firma, una en el Salón Blanco de la Municipalidad y otra en el Jockey Club de Buenos Aires, las que dieron origen, ese mismo año, a la publicación por parte de la Universidad, de un librito conteniendo buena parte de  los conceptos allí vertidos. Además, la familia Santamarina editó otro libro que incorporó también las palabras de homenaje en la Recoleta, del  Dr. Horacio Zorraquín Becú y una
genealogía elaborada por Eduardo Santamarina Colombres, ejemplar aparecido en 1993.
En  2006, Andrea Reguera, investigadora de la Universidad ha publicado un libro sobre la vida y fortuna de nuestro hombre, teniendo a la vista documentación facilitada por sus descendientes.
En esta ocasión, trataremos de ofrecer sintéticamente, una semblanza de su vida, el contexto en la que se desarrolló y el legado póstumo de él y su familia, en beneficio de Tandil, que nomina con su apellido instituciones, paseos y una avenida.
Ramón Santamarina nació en Orense, en la bella Galicia, el  25 de febrero de 1827, del matrimonio de don José García Santamarina y Varela y de doña Manuela Valcarcel y Pereyra, siendo bautizado con el nombre de Ramón  Joaquín Manuel Cesáreo.
España estaba gobernada entonces por Fernando VII, quien después del brote liberal de 1820, había impuesto una férrea conducción absolutista, hasta su muerte en 1833. Ya no quedaba prácticamente nada de aquel fabuloso imperio colonial que forjó a partir del descubrimiento de América, perdido luego de largas y duras batallas de los pueblos americanos por su independencia.
En el seno del hogar- que compartió con sus hermanos Dolores y Francisco- Ramón creció al amparo de una familia que tenía en su padre, a un oficial de la Guardia Real, cargo que desempeñó hasta la muerte del rey. Emparentado con la gran poetisa Rosalía de Castro, era un hombre de trato afable así como dispendioso, en lo referido a los gastos y a las relaciones con cortesanas, muy propio de la época y el cargo.
Por su parte, su madre provenía de una familia de fortuna y sangre noble, emparentada con los condes del Valle de Oselle y los marqueses de Atalaya Bermejo, heredera de títulos y propiedades importantes.
A la muerte del rey Fernando VII, las disputas por la sucesión, desataron las luchas "carlistas" (por el infante Carlos, hermano del rey muerto). El otrora influyente oficial Santamarina había perdido para entonces, buena parte de la fortuna familiar y continuaba en enredos sentimentales, uno de los cuales, el mantenido con una hermana soltera de la condesa de Priegues,  habría influido para que su suegra le solicitase al Capitán General de la Guardia- que residía en La Coruña-que  llamase la atención a su yerno en procura de lograr un mejor comportamiento.
Cuenta la historia oral familiar, que al llamado de su jefe, concurrió don Juan Santamarina en compañía de su hijo Ramón. Sería éste el comienzo del rápido y trágico final de la vida del militar, dado que no pudiendo sobrellevar la situación, se dirigió hacia el Faro de la Torre de Hércules, de la puerta de Santa Lucía o a los fosos del Puerto de Arriba, esto último según consta en la partida de defunción, y el 3 de abril de 1835, en presencia del pequeño Ramón se descerrajó un tiro que le provocó la muerte inmediata.
Muchas historias se han tejido en torno al momento que marcaría para siempre la memoria de Ramón y si bien algunas provienen de la creación imaginaria, como la de su descendiente Ana Gándara  en su libro "La Carreta", que nos ilustra acerca de un posible mandato paterno final: " Prométeme que vas a reconstruir la fortuna de tu madre, que yo he derrochado", lo cierto es que la vida posterior del niño, parece que  hubiera devenido en realidad, con el cumplimiento imaginado de la promesa.
Poco tiempo después falleció su madre, embargada de pena, quedando los hermanos Ramón y Francisco al cuidado de sus tíos Valcarcel y  Dolores, a cargo de la abuela materna.
Aquí la historia entra en un cono de sombras y todo indica que los hermanitos fueron a parar a un asilo para niños pobres de Santiago, donde habrían sido protegidos por un caritativo sacerdote que les brindó posibilidades de educación, cuestión ésta fundamental para los días que vendrían en la vida de nuestro personaje.
En 1840, adolescente de trece años, abandonó el orfelinato, según cuenta una de sus hijas en una carta de 1946, con una moneda de oro que le dio el sacerdote, partiendo hacia el puerto de Vigo con la idea de dejar aquellas tierras de tan mal recuerdo y abordar un barco, no sabemos si como grumete o polizón, que partió rumbo a América.
El destino o la Providencia quisieron que el barco recalara en el puerto de Buenos Aires, llegando de esa manera, en 1840, el joven Ramón a estas tierras desconocidas y desafiantes.
Por aquí las cosas no estaban para nada tranquilas, Rosas había sofocado el año anterior la Revolución de los Libres del Sud y la Mazorca cobraba venganza con los revolucionarios. Los extranjeros que llegaban eran escasos, por lo que Santamarina era casi una excepción.
En ese clima enrarecido política y económicamente, Ramón se habría afincado en el barrio de Barrracas- según lo afirma la revista Kosmos, aparecida poco después de la muerte de Ramón- y sus primeros trabajos habrían sido como peón, pasando bueyes de un lado a otro del Riachuelo, con lo que se ganaba el sustento para albergarse en la posada "Cuatro Naciones" , a metros del Mercado Viejo, simultáneamente, y lo más importante, allí tomaba contacto con lo que después sería su destino : las carretas y la pampa que insondable se abría hacia el sur y era tema de relatos en la posada, a los que el joven Ramón prestaba atención con curiosidad y avidez.
Con el indispensable espíritu de aventura que debe fogonear la búsqueda de nuevos horizontes, luego de varios meses en aquella ciudad de alrededor de 70.000 habitantes, un buen día se conchabó  como boyero en una tropa de carretas, con destino a esos inmensos mares de pastizales, potros salvajes e indiadas escudriñadoras.
Al paso cansino y acompasado de los bueyes, las carretas vadeaban primero el  Samborombón y luego el Salado, para aproximarse al Tandil, donde un Fuerte había sido fundado en 1823 y de donde provenían leyendas que seguramente atrajeron magnéticamente a Ramón.
La fecha exacta de su llegada por vez primera a Tandil se desconoce, pero podemos fijarla entre 1842 y 1846.
Aquella tropa llegó finalmente a la estancia "San Ciríaco", de Ramón Gómez, de los primeros pobladores del Tandil, el que con sus treinta y siete leguas, era de las más importantes en el partido que Rosas había denominado del Chapaleofú, luego de la revolución de 1839, y que apenas contaba con alrededor de mil habitantes en total.
Emilio Delpech, que lo conoció muchos años después y dejó sus impresiones y conocimientos sobre nuestro personaje en su libro "Una vida en la gran Argentina", del que más adelante transcribiremos algunos conceptos, afirma que Ramón se quedó a trabajar en la estancia de Gómez, afirmación también sostenida por Sáenz Quesada y Zorraquín Becú, posteriormente.
Allí habría aprendido los secretos del gaucho y sus destrezas, aunque nunca vistió como ellos ni habló sino su castellano aunque despojado ya de sus giros gallegos.
Un año y meses después se alejó de la estancia que lo cobijó y, veinteañero, comenzó a pensar en independizarse, adquiriendo una carreta para comenzar en el trabajo que conocía de boyero y así recorrer los cuasi inexistentes caminos hacia Buenos Aires, para el traslado de los "frutos del país" a los almacenes de ramos generales, travesías que podían durar hasta tres meses, siempre con el peligro de toparse con alguna partida de indios maloqueadores, a los que  no temía, según alguna vez confesó, pero con los que nunca tuvo enfrentamientos, en tiempos en los que, como bien afirma nuestro amigo el historiador Carlos Moncaut, "no se viajaba sino cediendo a necesidades supremas de negocios  o causas familiares o de política".
Los viajes fueron innumerables, Tandil se surtía primero de su inicial carreta y luego de la tropa de ellas- que fue creciendo hasta ser de veinticuatro- de azúcar, yerba, tabaco, sal, telas y otros elementos que comercializaba, especialmente entre los soldados del Fuerte y los habitantes del caserío tandilense, regidos desde 1840 por un Juez de Paz.
Bañados y lodazales, huellas y rastrilladas cedían al paso incansable de este gallego, que no era el único, ya que los Vela, Nicolás Anchorena, White y otros, también tenían sus tropas, con la diferencia que bien marca Zorraquín Becú, ellos no eran como Ramón troperos.
En 1849 se fracciona el ejido y Ramón registra cuatro solares a su nombre. Era la primera inversión en tierras que después se multiplicarían hasta llegar a casi 300.000 hectáreas. Los viajes no se interrumpieron y, derrocado Rosas en Caseros en 1852, la pampa se estremece bajo los cascos de la indiada amiga del Restaurador. Tiempos difíciles en los que conoce al Cnel. Benito Machado, que pone en él su confianza para abastecer sus fuerzas.
Inmigrantes pioneros como él, entre ellos el danés Juan Fugl, que había llegado en 1849, Díaz, los Arabehety y otros, comenzaron a forjar sus destinos con alguna fortuna y a pensar en dotar al poblado de servicios esenciales como educación y práctica religiosa, verificándose en 1854-como quedó expresado en capítulos anteriores-  los primeros intentos con la primera escuela, la erección canónica de la Parroquia del Santísimo Sacramento, la primera Municipalidad y otros logros básicos institucionales y de servicios  impulsado por ese gran Juez de Paz que fue Carlos Darragueira, interrumpidos al año siguiente por los malones de Yanquetruz , ya descriptos.
Luego del éxodo tandilense provocado por los acontecimientos citados, lentamente la aldea se fue repoblando y  Santamarina comenzó con un negocio que le redituaría pingües ganancias: el del comercio de los cueros vacunos, que luego de la "caza" del ganado cimarrón- se habla de 200 a 300 diarios- vendía en Buenos Aires que los requería para la exportación, como consecuencia de la guerra de Crimea (1853-1856).
Su fortuna comenzó a crecer y a partir de aquellos primeros solares, sumó entre 1864 y 1889, veintiséis terrenos, ocho quintas y veintidós chacras. Entre los terrenos urbanos los había en la calle Gral. Pinto, Gral. San Martín, Av. España, Maipú,  9 de Julio  (donde hoy está Golden) y más tarde el que sería donde levantaría su residencia en Tandil y que actualmente es el que ocupa la "Galería de los Puentes".
Ya por entonces había adquirido la estancia Cristiano Muerto, la del nombre del combate en que Machado derrotó a los indios en 1857, según datos de buena fuente, de propiedad del  colonizador Aaron  Castellanos.
Sería el comienzo de la inversión en tierras, ya que le siguieron Dos Hermanos, comprada entre 1863 y 1899 en distintas fracciones que pertenecieron entre otros a Facundo Piñeyro,  Ramón Oliden y Enrique Thompson y al gobierno de la Provincia, al que le adquirió 2.056 has., hasta completar un total de 10.367 has.
Le siguieron otras compras como la de Los Ángeles, adquirida a los sucesores de Zenón Duval, en 1869, que totalizó la nada despreciable cantidad de 11.555 has. y luego La Claudina de 2.766 has., totalizando así en Tandil casi 25.000 has.
Su figura, adusta, casi severa, fue cobrando respeto y así en las primeras elecciones posteriores a los malones relatados, fue electo por primera vez para un cargo político en la Corporación Municipal, afianzándose su amistad con el danés Fugl, de tal suerte que eran los dos vecinos referentes de los extranjeros en el pueblo.
En 1860 conoció y se enamoró de Ángela Alduncin Gaspui, perteneciente a una familia vasca, con la que se casó radicándose en Dos Hermanos. Allí nacieron los cinco hijos de este matrimonio: M. Elena (fallecida niña), Ramón, luego casado con María Gastañaga y con quien tuvo diez hijos; José, casado luego con Sara Wilkinson-hija del jefe inglés de la Estación de ferrocarril- que no tuvieron hijos y Ángela, que se radicó en España donde se casó con el conde Isidoro de Themes y Sáenz, ( cuya divisa decía ¿ Si no Themes a Themes, a quién Themes?), heredando el condado de Valle de Oselle y el marquesado de Atalaya de Bermejo y Josefa María (también falleció niña).
Eran los años en que Santamarina agregó a su tropa de carretas, sus tierras y propiedades, almacén de ramos generales, pulpería y carnicería, ubicada en su propiedad de la esquina de Gral.Pinto y Chacabuco, posteriormente -en 1920- donde erigirían sus sucesores, el Palace Hotel y hoy está la Universidad.
La Organización Nacional había traído consigo el comienzo de la estructuración del Estado, a partir de la Constitución y en la faz económica se fueron dando cambios a los que Santamarina no fue ajeno, como en el caso de la incorporación del ovino a sus explotaciones, cuya lana luego vendería en forma redituable.
Sus estancias, además, fueron siendo pobladas en forma abundante por una forestación casi obsesiva, costumbre que heredaron para bien sus hijos y que hoy nos permiten admirar, aunque sea parcialmente, esta obra en conjunción con una mirada que  llamaríamos ecológica.
Estas tareas, que señalaban un camino, tuvieron además otras que le precedieron, en este caso en el camino de la cultura, ya que fue quien trajo la primera máquina de coser, que regaló a la esposa de Lambin, propietario de una escuela y del primer piano, que regaló a la hija de la citada maestra y se usó en la escuela.
Amigo apreciado de Juan Fugl, fue quien transportó la primera trilladora que el danés trajo a Tandil, colaborando de esta manera con la introducción de las primigenias innovaciones tecnológicas en el área de la agricultura.
El hombre hecho a sobrellevar dificultades sobre sus anchas espaldas, fue tocado esta vez en la fibra más honda, cuando el 26 de agosto de 1866, falleció su esposa.  Su figura robusta, de un metro ochenta de estatura y su rostro barbado, se contrajo ante el dolor. Quedaban sus hijos aún pequeños al cuidado primero de sus tíos, enviándolos luego a España para su educación y mejor atención hasta que fueran más grandes, para , más tarde, retornarlos al país con la seguridad que su formación y la huella sería continuada.
Pocos años después de la pérdida de su esposa, se volvió a casar, esta vez con una sobrina de la que había sido su esposa, la joven Ana Irasusta Alduncin, matrimonio del que nacieron trece retoños más, diez de los cuales sobrevivieron y tres murieron niños
Estos hijos crecieron bajo la tutela de don Ramón y su esposa Ana, desarrollando con los años una trayectoria que trascendió la vida de su progenitor y uniéndose a apellidos que, como el de Santamarina, significaban por sí mismos un patrimonio cultural y económico importante.
Ellos fueron: Ana, casada con Nicolás Gándara, con el que tuvieron dos hijos; Enrique, casado con Sofía Terrero, teniendo siete hijos; Josefa, casada con Ángel Pacheco, siendo padres de seis hijos; Nemesia, una de las que falleció niña; Dolores, casada con Alfredo Echagüe, teniendo cinco hijos; María, casada con Nicolás Avellaneda, matrimonio del que nacieron  ocho hijos; Elena, casada con Eduardo Saguier, matrimonio que tuvo tres hijos;  Antonio, casado con Dolores Acosta, teniendo siete hijos; Elvira, casada con Diego Lezica Alvear, teniendo seis hijos; Arturo, casado con Mercedes Quintana Unzué, matrimonio que tuvo dos hijos; Adolfo I, otro de los fallecidos de niño; Jorge, casado con María Elena de Alvear, teniendo dos hijos y Adolfo II, también fallecido de niño.
Tandil crecía a un ritmo en el que la concentración urbana estaba por arriba de la media de otros partidos. El primer Censo Nacional, de 1869, registraba 4.870 habitantes, residiendo poco más de la mitad en la zona rural. Del total, un 15,7 % eran extranjeros. El  viejo Fuerte fundacional ya no existía y desde 1865, el partido de Tandil ya tenía los actuales límites.
La década del ‘70 del siglo XIX encontraba a Santamarina en pleno crecimiento económico y cuando se registraron los cruentos episodios del 1 de enero de 1872, que causaron la muerte de 36 extranjeros a manos de los seguidores de Tata Dios, don Ramón salvó su vida milagrosamente, tal como le relata a Ventura Lynch en carta del 14 de ese mes, sosteniendo además, con sorpresa, que los asesinos provenían de gente que estimaba de su confianza.
A ciencia cierta poco se sabe cómo Santamarina no fue encontrado ni en Los Ángeles  ni en Dos Hermanos y salvó su vida, llegando al pueblo cuando la matanza había sido consumada y se preparaba la búsqueda y castigo de los responsables, integrando el cuerpo de extranjeros que, comandados por el danés Manuel Eigler, detuvo y dio muerte a los asesinos.
La detención y misteriosa muerte en el calabozo de Tata Dios y el cuestionamiento al Juez de Paz Figueroa, caldearon el ambiente. Por entonces los criollos de lo que podríamos denominar la sociedad tradicional, se alineaban políticamente en el "mitrismo", con el Cnel. Benito Machado como caudillo, en tanto los inmigrantes de la "nueva sociedad", participaban más de las ideas "alsinistas", tal como Fugl lo testimonia en sus "Memorias”.
Muchos de ellos se enrolaron en la Logia Masónica " Estrella del Sud",  de Azul, ese mismo año, entre ellos el propio Santamarina, los hermanos Arabehety, el  Juez de Paz Carlos Díaz y otros, que meses después formaron la Logia  "Luz del Sud", creada en Tandil, a instancias de la solicitud de la de Azul. Allí se integraron entonces aquellos primeros, siendo designado Ramón Santamarina, tesorero.
Su relación con actividades antirrelogiosas o de mentalidad liberal de la época, fue casi nula, como los hechos lo demostraron, al menos en nuestro Tandil, donde colaboraron eficazmente para la construcción tanto del templo protestante danés como para el católico. Su filiación masónica sí los mantuvo unidos fuertemente al poder político central, donde había otros miembros de la "hermandad".
En 1873, la lista de extranjeros encabezada por Juan Fugl, Ramón Santamarina y Manuel Eigler, derrotó en las elecciones municipales a la de Figueroa, Jurado y Prado, que contaba con el apoyo de Machado.
Cuando la revolución de 1874, en la que Mitre fue derrotado, ya Santamarina habitaba la casa de 9 de Julio,  ya citada, que estaba ubicada en donde hoy está la galería "de los Puentes". Su patrimonio había seguido creciendo, comprando campos y destinando a esas inversiones todas sus ganancias.
En Cnel. Dorrego adquirió  casi 26.000 ha. y alrededor de 32.399 en Laprida, de la famosa estancia La Gloria; luego La Elvira en San Antonio de Areco, La Juanita en Tres Arroyos y muchas más abarcando las  compras tierras de Gral. Lamadrid, Necochea, Juárez, Cnel. Vidal y hasta Bahía Blanca y Carmen de Patagones.
Hacia el norte provincial compró en San Fernando, San Vicente y Alte. Brown y hasta poco más de 100.000 ha. que le ofrecieron en Santiago del Estero, pensando en dejar para sus numerosos hijos una posición asegurada.
De esta manera el original boyero adolescente, pasaba a poseer una de la fortunas más importantes de su época. Para ampliar estos aspectos, pueden consultarse el mensuario Tiempos Tandilenses, Nº 93 y  los excelentes trabajos de la citada historiadora  Andrea Reguera: "Riqueza y poder en la sociedad del tener", de 1997 y " Riesgo y saber : control y organización productiva en las estancias pampeanas (1880-1930)", Anuario del IEHS de 1999 y ahora el nuevo libro.
Tantas inversiones requerían ya de una presencia más frecuente en Buenos Aires, por lo que adquirió una propiedad en la calle Méjico al setecientos, siendo ésta y su estancia Bella Vista, las centrales de sus estadías en las dos ciudades.
Fueron unos años después, que el francés Emilio Delpech, conoció a don Ramón, del que en su libro "Una vida en la gran Argentina", afirma erróneamente que era vasco- error que repiten luego otros historiadores entre ellos Moncaut y Félix Luna- y nos deja una semblanza de las mejores, de la que transcribiremos sólo un pequeño párrafo : "Conocí  a Santamarina en el año 1883, en un hotel de Juárez, en mis recorridas  en compras de lana como ya he estampado  en otras de mis anécdotas. Sabía que este estanciero no vendía las lanas afuera y que todas ellas tenían destino  a su casa de consignación en Buenos Aires; pero ello no impidió que me presentara a la mesa que ocupaba en el hotel, para solicitarle algunos informes de utilidad para mí. Me acogió Santamarina con paternal simpatía  y no sólo satisfizo ampliamente mis preguntas sino que me obligó a que almorzara en su compañía, lo que acepté muy agradecido. Como buen padre y con la franqueza que lo caracterizaba, me elogió el comportamiento de su hijo Ramoncito de 23 años de edad que , ya abogado , le daba muchas satisfacciones en el manejo de sus intereses  que tenía a su cargo, agregando que acababa de recibir noticias de este buen hijo  que le informaba de la compra de varias barracas  ubicadas frente a la Plaza Constitución y que con la apertura del Mercado General de Frutos  habían quedado inutilizadas , lo que permitió la compra a precio conveniente. Agregó don Ramón que tenía que buscar  afuera del campo la colocación de algunos remanentes  de cada año y de entonces en adelante siguió con este criterio pero sin dejar de adquirir, casi anualmente, algún establecimiento de importancia . Esta era la recompensa de tanto trabajo amontonado durante muchos años".
Con Roca como Presidente de la Nación, y su lema "paz y administración",  Santamarina " intuye que ha sido, sin sospecharlo, un precursor del roquismo", afirma Zorraquín Becú.
En el ·90 con su revolución y la gran crisis, Santamarina, seguidor de Pellegrini y Roca recordaba la frase de Mitre:" prefiero la peor de las elecciones a la mejor de las revoluciones " y apostaba al futuro creando en 1890 la firma Santamarina e hijos, junto a sus dos hijos mayores,  Ramón y José.
Ella administraría sus campos, propiedades y negocios, así como el manejo de las ciento veinte mil cabezas de vacunos y setecientos mil de ovinos, desparramados en sus posesiones en las feraces tierras  de la pampa húmeda, en sus veintitantas estancias forestadas casi obsesivamente- se dice que plantó  más de un millón de árboles-dejando a sus hijos esta virtud.
Tanto Ramón como José,( los dos primeros tandilenses que se graduaron de abogados) venían a Tandil y aquí estaban durante períodos más o menos largos, de tal suerte que se fueron ganando el aprecio y el respeto que también su padre había conseguido por sus conductas.
José tuvo destacada actuación como pacificador, en la revolución radical de 1893, evitando el derramamiento de sangre y siendo designado, de común acuerdo, al frente de la Municipalidad.  De Ramón II, Julio A. Costa, en su libro "Hojas de mi diario", en el que dedica un capítulo a don Ramón, dice que fue su " viejo amigo y el ciudadano que me aportó más votos  para gobernador de Buenos Aires" (Costa fue gobernador entre 1890 y 1893). 
Ramón Santamarina, con contactos y lazos familiares, había tejido una rica red de amistades e influencias a nivel nacional, donde era reconocido por sus virtudes de trabajador incansable, ahora junto a sus hijos, le había llegado la hora de los reconocimientos y así, 1896, el rey de Dinamarca lo designó Caballero de la Real Orden de Danebroj, por los importantes servicios prestados a la colectividad danesa del Tandil, distinción a la que naturalmente Fugl no fue ajeno.
Ya anciano, pero incansable, fundó la fábrica de productos lácteos Las Nenas - según el autor Adolfo Rey, transcripto luego por Gorraiz Beloqui y Yuyú Guzmán- que entusiasmado por sus buenos resultados lo llevaron, junto a sus hijos, a instalar en Los Ángeles una fábrica de quesos que no tuvieron la buena calidad esperada por lo que la experiencia no tuvo mucha fortuna.
Sus hijos lo aconsejaban para que hiciera un alto en su camino de trabajo emprendedor y para que su ojo avizor descansara de los negocios. Zorraquín Becú manifiesta que ellos le escribían y le decían " Tata, no trabaje tanto, no trabaje más. Para esto estamos nosotros".
Los años comenzaron a sumarle recuerdos y hacerle más frescos algunos de su infancia teñida por la tragedia ante el Cantábrico. Felicidad y tragedia se mezclaban en ese hombre que supo superar duros momentos con bravura y entereza, pero ahora a la obsesión de aquel fatídico final de su padre, se sumaba la debilidad propia de su ancianidad y creía que está arruinado.
Ana Gándara, reconstruye imaginariamente en su libro esos momentos finales: " Se levantó de la silla como un sonámbulo y se dirigió hacia la puerta de su dormitorio. Antes de abrirla se dio vuelta hacia Ana. Sin saberlo le bosquejó un gesto de despedida. Luego se encerró en su cuarto.
"Su brazo obró solo, independiente de él. Con su mano abrió el cajón de la mesa de luz. Extrajo el revólver. Se lo llevó a la sien. No veía nada pese a que tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Se sentía fundido, irremediablemente fundido.
- Estoy arruinado como mi padre-gritó
" El estampido resonó en la casa. Su eco fue como un vuelo súbito de pájaros
"Los que acudieron al oir el tiro, no se sorprendieron. Pensaron, como si de antemano lo hubieran sabido, que su final tenía que ser así".
Era el 23 de agosto de 1904. Desaparecía trágicamente uno de los hombres de más fortuna, ganada en buena ley, que tenía el país. Atrás quedaron los años de boyero, carretero, pulpero, estanciero, hombre de negocios y poder, la hermana muerte lo llevó en sus brazos. Aquí quedaba su viuda y sus hijos, que no olvidaron al Tandil, tierra de sus amores.
Todos ellos desarrollaron  trayectorias brillantes, de las que nos ocupamos en nuestro trabajo "Ramón Santamarina. Su vida y su época". A título de apretada síntesis digamos que a la muerte de don Ramón, su viuda Ana Irasusta, donó un terreno de 40 por 40 m., en la esquina de Maipú y Fuerte Independencia, a la Congregación de los Hermanos de la Sagrada Familia, donde se inauguró en 1908, el Colegio San José; también donó los edificios del Hospital Municipal, que lleva el nombre de nuestro personaje y del templo de la hoy Parroquia Santa Ana, ambos inaugurados en 1909, año en el que murió súbitamente su hijo Ramón II.
Asimismo, José Santamarina donó los terrenos donde hoy están la Plazoleta H. Yrigoyen, la Plazoleta  que lleva su nombre, frente al Hospital, el que hoy ocupa el Poder Judicial y lo que fue el Centro Materno, que en su conjunto- y mirado desde la altura- conforman una perfecta Cruz.
Por su parte, por disposición testamentaria de Ramón II, se erigió la Capilla San Ramón y la Escuela Ramón II en la estancia Ramón I, inauguradas en 1911 y donadas luego al Obispado de La Plata, de donde dependía eclesiásticamente Tandil, hacia 1930.
En terrenos donados por María Gastañaga, viuda de Ramón II, se levantó con la colaboración de amigos de su esposo y la población, el Hogar Agrícola Femenino" Dr. Ramón Santamarina", inaugurado en 1913 y donada al gobierno nacional, hoy Escuela Agrotécnica  que lleva su nombre, más popularmente conocida como la "Escuela Granja".
En ese mismo año se fundó el Club y Biblioteca "Ramón Santamarina", que funcionó primero en la que fuera casa paterna de 9 de Julio y luego tuviera una brillante trayectoria deportiva y cultural, hasta su cuasi lamentable desaparición, comprando la sede de Yrigoyen, la Universidad para conformar el Centro Cultural Universitario.
Entre otras donaciones, se cuentan las manzanas donde estuvo el famoso "Monte de las Romerías" y que hoy ocupan la Plaza "25 de Mayo" y el Barrio Banco Hipotecario.
Además podemos agregar la Capilla Santa Gemma, la Gruta de Lourdes, la capilla Don Bosco y el terreno donde se levanta la sede de la Cruz Roja.
Recordemos que en vida, don Ramón había donado el predio donde estaba la Piedra Movediza y sus aledaños, que hoy ha adquirido nuevamente vigencia a través de la colocación de una réplica que se ha prestado a la polémica..
Quedan asimismo en el patrimonio arquitectónico de Tandil, estancias que, como Bella Vista, (donde está la legendaria carreta), Sans Souci- que espera su recuperación-, La Indiana, Maryland, Ramón I, La Pola, Montiel, Dos Hermanos, Los Ángeles, El Vigilante,  San José de la Tinta (en B.Juárez), etc, etc., constituyen un invalorable tesoro.
Naturalmente no podemos olvidar otras donaciones que enriquecieron el patrimonio cultural de Tandil, como la colección Antonio Santamarina y la Mercedes Santamarina al Museo Municipal de Bellas Artes, así como la colección del diario La Nación a la Biblioteca Rivadavia  y valiosos elementos al Museo del Fuerte, entre otros muchos aportes.
Los Santamarina dejaron además su gratitud en la donación para la fundación de pueblos rurales, siguiendo el horizonte de su padre. Así doña Ángela Santamarina de Themes, puede ser considerada la fundadora de Orense, en Tres Arroyos, en recuerdo del pueblo natal de su padre.
En Coronel Dorrego, se les debe el pueblo de Oriente y en Necochea el de Ramón Santamarina.


Aquí hemos querido brindar a nuestros apreciados lectores, un modesto y pequeño aporte al conocimiento de quien a través de su vida y de su obra, así como la de sus descendientes, fueron testimonio de trabajo y grandeza, aún en el poder- que no siempre es el consejero ideal- y sirvieron a la patria chica y a la República, dejando una huella imborrable, para las generaciones que deberán continuar el surco, sin olvidar- como decía Nicolás Avellaneda-mirar el pasado y apoyarse en sus tumbas gloriosas.

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